Café Pedagógico. Autoridad al banquillo: ¡no sé qué hacer con mi hijo!

cafeEstimados Padres y Apoderados del Colegio San Ignacio-Machalí, ¡bienvenidos a este primer “Café Pedagógico” del año. He querido llamarle café, porque ustedes tomarán café, el que les ofrece el Colegio, pero también el que les daré yo. Habrán escuchado antes hablar de café-concert, café literario, el café del cerro…, entre otros. ¿Por qué no un café pedagógico, es decir, un momento en donde, además de consumir este cálido brebaje, hablemos de temas que implican tanto a la familia como al Colegio entero en esa acción que llamamos educar, y esto en un clima distendido y desprejuiciado, con mente abierta para el diálogo.
En este primer encuentro quiero invitarles a reflexionar y conversar lo que está en el fondo de una afirmación que más de alguien habrá dicho o pensado alguna vez: ¡No sé qué hacer con mi hijo! En la medida que los hijos van creciendo se agrega otra afirmación: ¡No sé qué hace con mis padres! Tampoco faltan los comentarios cuestionadores de los familiares y amigos, o esas miradas que nos hacen sentir que estamos haciendo un pésimo trabajo como papás. Entonces comienza la angustia, la conversación en pareja, las inculpaciones mutuas, y finalmente el desastre que trae de vuelta una pregunta de peso: ¿Qué hago con mi hijo? Cuando esto ocurre, estamos ante un problema: el de la autoridad. Les invito a mirar y comprender mejor el hecho.

Los hechos y su comprensión.

Al parecer estamos experimentando un fenómeno que se da en la gran mayoría de las unidades educativas del País y en todos los niveles sociales: incapacidad de asumir roles parentales claros, responsables y bien definidos. Ya lo decía Pilar Sordo: “Nos hemos ido retirando del frente que implica ser autoridad para nuestros hijos, se nos olvidó ser autoridad. Se nos olvidó que como padres nuestra función primordial es educar a nuestros hijo(1)”.

Según Bajoit y Franssen estaríamos viviendo una mutación cultural sin precedentes, que se puede sintetizar en el paso de la razón social a la autorrealización autónoma. Y esto afecta todos los planos de la vida y a todas las personas, y particularmente el concepto de autoridad. De la autoridad vertical, de los padres y adultos, hemos pasado a la autoridad horizontal, de los hermanos. La primera es de contratos, la segunda de pactos. Quien no se haya dado cuenta de esta mutación, no está entendiendo nada.

Las familias lidian hoy con otro ente socializador, potentísimo: la Red (Internet).

Estos fenómenos han acarreado profundos cambios en las familias. Hagamos un rápido recorrido por estos cambios.

  1. En comunicación. Antes existía mayor comunicación porque había más posibilidad de desarrollar actividades en conjunto; existía más tiempo para la vida en familia. Había más unión. La vida familiar estaba incorporada en la vida diaria: la plaza o la parroquia eran lugar de encuentro social-familiar; la vida era más tranquila y digna, con ambientes más sanos. Actualmente el ritmo de vida es más acelerado; hay más lucha por la subsistencia, quedando así menos tiempo para actividades de tipo social.  El uso de cierta tecnología tiene incidencia negativa, como es el caso de televisión, computador, celulares…: actitud distante de padres a hijos, mayor agresividad y escasa oportunidad para compartir.  Algunos padres se reemplazan a sí mismos por recursos tecnológicos (teléfonos inteligentes) para mantenerse comunicados con los hijos. La falta buenos espacios para la comunicación redunda en más cansancio, irritación, agresividad y gritos. Lo positivo es la actitud más abierta de los jóvenes en el diálogo con sus padres y mayor confianza hacia ellos. Los padres aceptan más a sus hijos y les reconocen su ser personal.  El mayor nivel educacional es también positivo.
  2. En economía. Había mayor autonomía económica: muchos artículos se producían en casa.  El trabajo era compartido, había menos sobresaltos económicos.  La familia estaba menos expuesta al consumismo. Hoy, está marcada por la adquisición de productos desechables. La familia pasa de ser una unidad fundamentalmente autosuficiente a una unidad de consumo.  La adquisición de bienes es visto como signo de vitalismo y progresismo. Y sin embargo, la familia es económicamente más frágil, depende del medio para solucionar sus problemas de consumo. A esto se suma la existencia de reducidos espacios habitacionales, impidiendo el estilo económico auto-productivo de antes.
  3. En el control social. Había límites más estrictos en la educación de los hijos, quienes estaban también más dispuestos a obedecer órdenes y tenían una actitud más humilde con relación a los padres. Hoy se cuestiona la expresión del poder.  Niños y jóvenes son más liberales, y los padres más permisivos con los hijos.  El entorno social aparece como perjudicial para la familia: vivimos la ley de la selva, con pérdida del respeto como valor significativo, especialmente en relación con la autoridad y la disciplina.

A nivel psicológico, no siempre somos conscientes de un fenómeno que comienza a darse en los primeros años de vida: la “simetría inconsciente”. ¿Qué significa esto? La neurociencia ha descubierto un tipo de neuronas llamadas “neurona espejo”. Éstas tienen un importante papel en las actividades de aprendizaje ligadas a la vida social. Se activan cuando realizamos una acción y cuando observamos reflejada esa acción en otra persona. Entonces tendemos a imitar esa acción. Los niños tienden a imitar a sus padres, como si estuviesen delante de un espejo. Entonces, inconscientemente quedan ubicados como pares de sus padres en un lugar de autosuficiencia imaginaria. Ellos se sienten grandes, independientes y maduros, completos como sus padres2. Desde este lugar, su criterio les parece tan válido como el de los adultos. Los niños imitarán no sólo los buenos hábitos, sino también los malos: los garabatos, las mentiras, las falta de decoro en la mesa, los gritos e insultos dentro y fuera de casa. A esto se llama “simetría inconsciente”. Agregue el hecho que los adultos también tienden a pensar que están tratando con un adulto, y no con un niño. A veces, el adulto piensa que el niño comprende las razones de por qué le ordena algo, y espera que lo haga en respuesta a esa supuesta comprensión. Cuando ello no ocurre, viene la respuesta molesta (y cuando no, violenta) del adulto: ¡Sabes que esto me molesta; sabes que no debes gritar! ¿Por qué haces esto, si sabes que está mal?

La simetría inconsciente presenta un gran desafío para los adultos: requiere confianza en su propia percepción, ser respetuosos en la forma de comunicarse, hacerse respetar sin maltratar, firmeza para mantener las convicciones, flexibilidad para escuchar a otros, etc.

Para el discernimiento.
Hoy día se tiende a decir que la televisión3, la escuela, la mentalidad común es lo que tiene verdadero peso específico en la educación de los hijos. ¿Qué influencia real tiene, entonces, la familia?  La familia es decisiva en la educación del niño, al menos hasta cierta edad, ya que la relación con los padres le introduce en la dimensión afectiva, la más honda. El niño es como una esponja que continuamente, y casi sin darse cuenta,  absorbe todo el contexto en el que se halla. Y, sobre todo, aprende el modo de relacionarse con la realidad. Es en este proceso de aprendizaje donde las neuronas espejo permanecen activas. El niño imita las acciones de aquellos que ama. La dimensión afectiva es la forma en que cada uno de nosotros se deja tocar e interrogar por los distintos acontecimientos de la vida: este aprendizaje es decisivo, porque a partir de ahí se irá formando la personalidad.

No obstante, y por mucho empeño que pongan en ello, las familias se encuentran con que muchas veces no logran los resultados esperados en la formación de sus hijos. Se desgastan en consejos, llamados de atención y estrategias, y los hijos parecen no cambiar. La razón de esto es que actualmente las familias transmiten a los hijos una incertidumbre afectiva. No se comunican certezas, ni una actitud positiva ante la vida, sino una posición insegura, llena de dudas.  En esa incertidumbre afectiva, el hijo no está seguro de lo que tiene, de lo que encuentra, de lo que cree y ama, no está seguro de que la realidad sea buena y, por lo tanto no se adhiere a nada. Este es un problema grave, porque impide conocer y amar de verdad. Las certezas afectivas, es decir, lo que es correcto o incorrecto, lo que es bueno o malo, la escala de valores, principios y normas con que nos conducimos en la vida, no lo aprendemos de la televisión o en el colegio, sino, sobre todo, en la familia, de quienes amamos. Cuando ese aprendizaje no se da en la familia, entonces aprendemos lo que sea y donde sea.

¿Cuál es el gran problema que está teniendo la educación familiar? A los padres les falta algo esencial: no comunican algo más grande que ellos mismos. No debo decir al niño, por ejemplo, que sea honesto, porque yo soy honesto, sino porque un hombre de verdad es honesto, porque es el ideal de la Humanidad. En esto radica el secreto de la educación. Hoy vivimos en la incertidumbre, porque no remitimos a algo más grande que nosotros mismos. En el intento de justificar u ocultar muchas de nuestras conductas equivocadas, terminamos proponiéndonos como modelos a seguir, modelos de fe, de verdad, de moralidad, de justicia… Al hijo debo proponerle y exigirle que busque y siga la verdad.  Ahora bien, la verdad no tendría ningún fundamento si no tuviese relación directa con algo que es clave en educación: la tradición. Tradición viene del latín “traditio”, que significa entrega. La verdad no la construyo yo, otro me la entrega. Alguien antes que yo ha buscado la verdad, la ha percibido y la ha puesto a prueba, la ha sufrido y vivido, la ha reconocido y me la entregado.

Entonces la educación consiste, en primer lugar, en comunicar una tradición recibida. Sin esta conciencia, la educación queda reducida a una forma de resonancia, a un eco que oímos a la distancia, pero sin impacto en nuestras vidas. La verdadera educación no comienza en el psicólogo, en los psicopedagogos ni en los terapeutas, sino en la familia que entrega al hijo la verdad. Nuestros abuelos y padres, sin ser maestros titulados, nos educaron muy bien. Ninguno de quienes tenemos hoy cuarenta y más años podemos desconocer esto. Y lo hicieron gracias a que sabían muy bien por qué estaban en el mundo, sabían las cosas fundamentales de la vida. Hoy en día sabemos muchas cosas, pero las fundamentales se nos escapan y nos las comunicamos. Nuestros antepasados sabían de dónde venían, de qué pueblo, conocían a sus vecinos y amigos, conocían su historia y costumbres. Sabían todo esto y lo comunicaban, de manera elemental, pero segura. Comunicaban una certeza afectiva, una visión profunda del mundo, del hombre, de Dios, de la Patria, del bien y del mal.
Pero no pensemos la tradición como una acumulación de datos que se entregan. La tradición es una apelación a la libertad. Esto significa que educar, entregar lo recibido, es lo mismo que golpear la puerta de alguien para invitarle a que, libremente, adhiera a lo que es verdadero. Y esto sin dejar espacio a la duda, es decir, señalando firmemente que no da lo mismo adherir o no adherir. La adhesión libre a la verdad debe ser exigida a los hijos, pero de tal forma que aceptemos correr el riesgo de que el hijo traicione, no entienda, rechace o se aleje de la verdad. La educación es un constante riesgo y drama. Jesús exige el amor, exige adhesión libre a la Verdad. Y a cambio experimenta la incomprensión y la traición. Al educador le sucederá muchas veces lo mismo. Pero sin este riesgo no hay verdad entregada. Ya lo decía el Señor: sólo quien arriesga la vida logra encontrarla; quien, en cambio, la asegura termina perdiéndola. Muchos papás prefieren la seguridad de ser amigos y consejeros de sus hijos, porque ello no implica mayor riesgo. El amigo y consejero a lo más escucha y acompaña, pero no exige.

Hasta aquí hemos reflexionado la importancia de fundamentar la verdad en algo que es más grande que nosotros. Si nosotros somos el fundamento de la verdad exigida a los hijos, entonces esa verdad termina achatándose y diluyéndose en la huella de nuestros fracasos. Hay algo más grande que todas nuestras incoherencias, algo que nos une, a lo que seguimos, que es más importante que todo lo demás, caracteres, trabajo, dinero, estudio: es el motivo por el que estamos juntos en este mundo.

Una familia no puede enfrentar sola el desafío de educar. Necesitamos de los amigos, del entorno y contexto que nos ayude a no perder de vista la verdad que hemos de transmitir a los hijos. Lo que invalida la educación es precisamente la soledad. Y he aquí el nuevo problema de la sociedad y familia: la tendencia a cerrarnos en nuestras tribus y grupos, sin mayor conexión con la realidad. Mientras más se debilita la referencia al todo, mientras más se cierra la familia en grupos de gentes que piensan y hacen como ellos, más aumenta la incapacidad para recibir y transmitir la verdad a los hijos. No es posible educar en soledad.

Propuesta de diálogo por grupos
De lo que hemos recibido, identificar dos o tres ideas que consideramos importante retener.
Según lo que hemos recibido, aprendido y conversado, ¿cuál es la gran contribución que debería -y puede- hacer toda familia, en especial los padres, a la formación de sus hijos.
En el mismo sentido de las ideas e invitación recibida, ¿qué deseamos para toda nuestra comunidad escolar?, ¿qué sugerimos?, ¿qué esperamos?

NOTAS:
1) SORDO P., ¡Viva la diferencia!, Ed. Norma S. A., Chile: 2005, p. 133.2.
2) Cf. MESSING C., ¿Por qué es tan difícil se padres hoy?, Ed. Noveduc, Buenos Aires: 20113.
3) Fuente: Cesana Giancarlo; en: <http://www.huellas-cl.com/2009/10/elprimersu.html&gt;, con comentarios de P. Humberto Palma Orellana, abril 2013.

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Categorías:EDUCACIÓN, RECURSOS

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